Noche de tríos: El magnate (1/2)

 

 

Conocernos fue casi accidental. Una noche de copas, un lugar nuevo para mí, una invitación suya, una noche de tríos.

Aquel joven, futuro magnate, crítico de arte de profesión y oficio residía en un casi abandonado piso con vista al Santiago Bernabéu, aunque irónicamente pertenecía a la fanaticada del Atlético de Madrid. Coincidimos en el Café de París, en medio de una concurrida barra de luces rojas poco favorecedoras para su físico y buena música. Era una personalité del local, pues tenía varios conocidos ahí; creo que llegó a contarme que algunos de sus amigos eran los dueños. Auspició nuestra -mía y de mi amigo- bienvenida al local invitándonos un chupito de tequila que más adelante sería el culpable de los incidentes a continuación.

Habiendo terminado nuestro segundo Cuba Libre nos mudamos de bar. Y en medio de aquella oscuridad y aquel bullicio estábamos de nuevo los dos: mi amigo y yo. El responsable de los tequilas se había esfumado en cuestión de minutos. No sabía si se había devuelto al local anterior, enrollado con una chica o qué, pero no se le veía por ninguna parte. Rodeada de paredes de luces de colores, sobre un pequeño escenario de madera en medio de la pista, junto al DJ estaba yo, babeando de lejos por un rubio de rasgos eslavos que se cruzó en mi camino aquella noche. A la salida del local reapareció el magnate, Pelayo quien para mí sorpresa, era amigo del vikingo.

Pelayo, nos vamos a tu casa. Los tres. Vamos a hacer un trío. Alardeaba el guapo vikingo en mitad de la calle. No me iba a negar a aquella fantasía que durante años había compartido con una de mis mejores amigas y que de tanto en tanto rondaba mi cabeza. Sin más me despedí de mi amigo y me aventuré a aquella noche de tríos.

No recuerdo si fue a pie o en taxi que llegamos a su piso a altas horas de la noche, aquel a orillas del hogar del Real Madrid. Una biblioteca abandonada y muebles de estilo apilados al costado de un gran ventanal nos daban la bienvenida. En aquel oscuro rincón, iluminado únicamente por las luces de la calle, rodeada de libros y obras de artes arrinconadas comenzaron a seducirme y a besarme. En aquel salón nadie era digno de coordinar movimientos u oraciones con sentido. Todo carecía de erotismo, pero el ambiente estaba íntimamente imbuido de un morbo nefasto. Se despojaron de sus abrigos, a mí del mío y mientras cada costado de mi cuerpo era besado y mimado, chillé -hace frío.

Pelayo me acobijó entre sus brazos. Vamos a la habitación chiqui, me dijo con ternura sosteniendo mi rostro entre sus largos y finos dedos. El otro me tiró del brazo y me condujo hasta la habitación de su amigo donde me desvistió y me devoró sobre la cama.

Una tenue luz al costado de la cama se encendió repentinamente, giré mi vista hacia mi derecha y lo vi descubrir su esbelto cuerpo para acompañarnos en la cama. Sonreí al verlo, me devolvió la sonrisa. Su cuerpo frío se amalgamó a mi espalda, sus manos tersas y deseosas me recorrían el cuerpo. Éstas eran más suaves, menos toscas, más sutiles y llenas de ternura que aquellas al otro lado de la cama. Me besaba los hombros y al oído me susurraba: qué guapa eres Chiqui, me encantas. Quiero devorarte y que nos disfrutes a los dos.

Sus mimos eran dulces y honestos, pero yo físicamente me decantaba por el otro chico. De a ratos le desplazaba de la cama o le quitaba mi rostro evadiendo sus persecusiones por poserme. Como una batalla campal en silencio pero muy evidente. Sabía cómo moverse, como seducir a una mujer, cómo acariciarla y penetrarla. Era como un Casanova de la cama.

Sus dedos de pianista, largos y dóciles consentían mi chocho. Lo tentaba con su lengua y acababa comiéndoselo entero dando paso a su compañero. Sus labios recorrían mi cuello, mis hombros, espalda y me hacían temblar de excitación. Acercaba su pene a mi rostro como para premiar su desempeño en mi entrepierna. Esta vez era yo quien me comía su miembro mientras otro se introducía dentro de mí.

Su lengua bordeaba mi oreja y me susurraba palabras al oído. Su miembro erguido me rozaba las nalgas mientras mi cuerpo encaraba al hombre de barbas rojas. Me dejaba consumir por el placer que ambos lados ofrecían, sin pensar en mayor cosa que en el disfrute. Me penetraba dándome besos en el cuello y sin ellos también. Se turnaba con su amigo para deleitarme y en medio de aquella sobreexitación los veía discutir sobre qué querían hacerme y me tenía que negar también a muchas de sus propuestas. Me follaba de espalda,de frente y de costado. Mi cuerpo apenas podía responder a tantas atenciones. Acababa siendo tan abrumador todo que acabé rendida entre ambos con una sustancia caliente y viscosa en mi barriga. El magnate a mi lado derecho, hasta la mañana siguiente.

Así concluyó la noche de tríos.

 

Guardar

Guardar

Guardar

Guardar

Guardar

Guardar

2 comentarios en “Noche de tríos: El magnate (1/2)

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *