Noche de tríos: el vikingo (2/2)

 

 

Nos conocimos por casualidad en un bar nocturno de fiesta. Una noche de copas, un local antes frecuentado, un flechazo, una noche de tríos.

Fue en un clásico ambiente de discoteca que teníamos ya bien conocido. Y ahí, en medio de la pista, rodeada de cadenas de luces de colores, junto al DJ estaba yo, babeando de lejos por aquel vikingo que se cruzó en mi camino. Era flaco, alto, de cabellos rubios y barbas rojizas. Las copas me impedían saber quién era o de dónde había salido. Bailamos, no sé si nos besamos y a la salida terminamos reencontrándonos con el magnate que había conocido en el local anterior.

Pelayo, nos vamos a tu casa. Los tres. Vamos a hacer un trío. Alardeaba el guapo vikingo en mitad de la calle. No me iba a negar a aquella fantasía que durante años había compartido con una de mis mejores amigas y que de tanto en tanto rondaba mi cabeza. Sin más me despedí de mi amigo y me aventuré a aquella noche de tríos.

No recuerdo si fue a pie o en taxi que llegamos al piso de su amigo a altas horas de la noche, aquel a orillas del hogar del Real Madrid. Una biblioteca abandonada y muebles de estilo apilados al costado de un gran ventanal nos daban la bienvenida. En aquel oscuro rincón, iluminado únicamente por las luces de la calle, rodeada de libros y obras de artes arrinconadas comenzaron a seducirme y a besarme. En aquel salón nadie era digno de coordinar movimientos u oraciones con sentido. Todo carecía de erotismo, pero el ambiente estaba íntimamente imbuido de un morbo nefasto. Se despojaron de sus abrigos, a mí del mío y mientras cada costado de mi cuerpo era besado y mimado, chillé -hace frío.

Cuando el dueño de la casa me acobijó entre sus brazos y me invitó a seguirlo a la habitación, éste sin perder oportunidad me tiró del brazo y me condujo hasta la habitación de su amigo donde con sus torpes manos fue deshaciendo mis ropajes haciéndolos danzar por toda la habitación hasta dejarme tan sólo en ropa interior. Sus acciones eran desesperadas, consumidas por la pasión de una noche que se vive solo una vez. Me devoraba la boca sin darme oportunidad de pensar en nada más que aquella lengua que se adentraba a mi garganta, su prominente barba rubia que me cosquilleaba el mentón, sus brazos recorrían mi espalda y mis hombros, a la par que sus acompasados labios devoraban los míos.

Desnudos sobre aquella cama se abalanzó sobre mi cuerpo. Acercó su torso al mío, me besó la ingle y con ambas manos deslizó mis bragas hasta que éstas cayeron sobre el bollo de sábanas en el suelo. Cabalgándome se inclinó sobre mí nuevamente para lamerme la cara, hundir sus brazos bajo mi espalda y rescatar mis senos de aquella prisión. Antes de que el sujetador llegara al suelo, él se había hundido entre mis pechos. Presionaba mis piernas entre las suyas y simulaba morderme el rostro. Me comía las tetas y el coño.

Una tenue luz al costado de la cama se encendió repentinamente, vi al otro chico desnudarse al extremo derecho de la cama y segundos más tarde lo sentí amalgamado a mi espalda, con manos que me recorrían el cuerpo. Sus mimos eran dulces y honestos, pero yo físicamente me decantaba por el que tenía a mi izquiera, sentía su desespero a flor de piel y sus ganas desenfrenadas por consumirme. Con un ademán lo bajé a la cama para acurrucarlo a mi lado. Adherió su desnudez a la mía y con mi cara entre sus manos, mientras me besaba me decía: -quiero follarte sin parar esta noche, comerte entera.

Su amigo me comía el chocho y dejaba que él se adentrara a mi cuerpo con su pene firme y erguido. Suavemente lo introducía y lo retiraba como jugando a un escondite íntimo. La pasión iba in crescendo y así la fuerza de sus embestidas. Mi cuerpo se contoneaba, yo jadeaba y él dejaba relajar su cabeza hasta desaparecerla entre sus hombros.

Me dejaba consumir por el placer que ambos lados ofrecían, sin pensar en mayor cosa que en el disfrute. El vikingo me penetraba descansando sus manos sobre mis piernas flexionadas, mientras unos dedos de pianista me pincelaban el cuero con caricias. Los veía turnarse y discutir sobre qué querían hacerme. Me giraba boca abajo para penetrarme desde atrás, con las piernas hacia arriba, de costado y en cuclillas. Mi cuerpo apenas podía responder a tantas atenciones. Terminaba siendo tan abrumador todo que acabé rendida entre ambos con una sustancia caliente y viscosa en mi barriga. Él a mi lado izquierdo.

Al cabo de unas horas en medio de aquella noche de tríos, el calor y la sensación incómoda de estar en medio de ambos en la cama me obligó a moverme de lugar. Cual lagartija arrojé mi cuerpo sobre el suyo y escuché un quejido. Lo ignoré logrando llegar al frío costado izquierdo de la cama. Me puse de lado y me propuse dormir nuevamente. El hombre se levantó furioso rezongando sobre mi cambio, que él no dormiría junto a su amigo y abandonó la habitación.

No lo vi hasta la mañana siguiente.

 

Guardar

Guardar

Guardar

Guardar

Guardar

Guardar

Guardar

Guardar

Un comentario en “Noche de tríos: el vikingo (2/2)

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *