Baño casual

 

 

Luego de una noche de sexo casual, llegamos a la sala de baño de la mano para un baño casual. Venía guiada por él. Nos detuvo el espejo develando nuestros blancos y desnudos cuerpos expuestos a plena luz. Nuestras miradas se intersectaron en aquel reflejo.

Veía sus dedos recorrer mi cuerpo con suavidad. Su manos acariciando mis senos y mi cuello. Sonreía al verle respirar mi olor y besarme. Escapábamos de aquel baño con los ojos cerrados creando un universo con nuestros labios. Volvíamos a la realidad con nuestro reflejo. Entre baños y duchas nos debatíamos ambos, y él procurando aclarar el panorama preguntaba: ¿te quieres bañar o duchar? Buena pregunta. Internamente pensaba en toda la intimidad que puede compartir un baño. No una ducha. Despaché mis pensamientos y opté por el silencio.

Encendió la regadera. Midió la temperatura. Se volteó hacia mí y besando mis labios preguntó de nuevo ¿prefieres que llene la bañera? Lo besé. Da igual, dije metiendo un pie bajo el agua caliente. Yo, gozaba de esa sensación de placer que genera bañarse después de un largo día y un buen polvo. Con ojos cerrados estiraba mi cuello mientras me sumergía bajo la lluvia. Él sujetaba mis caderas entre sus manos y me observaba. Me asomaba entre las gotas y nos besábamos. Luego las desplazaba a lo largo y ancho de mi cuerpo como quien se aventura a conocerlo. Hundía sus dedos en mi entrepiernas haciéndome enloquecer de ganas de volverlo a tener dentro de mí.

No lograba procesar lo que nos ocurría. Agradecía su presencia en aquella ducha pero mi mente hacía esfuerzos por ajustar imagen de lo que veía. Era casi como un sueño. Se hundía conmigo bajo la lluvia y consolidábamos nuestras ganas con un beso. ¿Está bien el agua o está muy caliente? Sonreía en señal de asentimiento pues no lograba digerir sus inesperadas atenciones. Lo conocía poco pero atento no figuraba entre los adjetivos que habría elegido para describirle. Pongo la bañera. Descolgó la ducha y se sentó en el medio de la tina.

En cuanto comencé a deslizar mis pies rodeando sus piernas me detuvo. Giró su cuerpo con el cable de la ducha -Va a estar muy frío sino, asomó- , roció el respaldar de la bañera y entonces me invitó a sentarme.  Sonreí por dentro. Me recosté, dejando resbalar mis piernas alrededor de las suyas. Con el agua acaricié su pelo, dejé caer mis manos sobre su pecho. Reposé mi cabeza contra la pared y sentí como su cuerpo se abandonaba sobre el mío, y su cabeza sobre mis pechos. Pensé que quizás su corazón sería más frágil que el mío y por ello habría elegido estar entre mis brazos y no al contrario.

Aquí me puedo quedar dormido yo… Y yo -completé con una leve sonrisa. Cerré los ojos. Nuestras respiraciones acompasadas hacían eco de aquel silencio.

Y en él pensaba en el Alexis de Marguerite Yourcenar:

Todo silencio está hecho de palabras que no se han dicho

Cuánto no nos habremos dejado de decir en aquel baño casual.

 

 

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