Casanova de la cama

Foto: de la autora

 

 

En cuanto abrí mis ojos a la mañana siguiente de aquella noche de tríos, tan sólo el Casanova de la cama -nombre con que rebauticé al magnate Pelayo– y yo compartíamos sábanas. Sobre aquella blancura me hice consciente de mis alrededores. Era una habitación blanca nívea muy varonil. Rodeada de bibliotecas petadas de libros, de paredes hastiadas de obras de arte, un gran  escritorio desordenado a los pies de la cama y un aire de gustos refinados imbuía el ambiente.

Con mi cuerpo exhausto -nunca mejor dicho-, sudado y revuelto, me giré hacia él. Me miró con puchero y unos ojos verde azulados, que la noche anterior me había impedido conocer. Eran profundos, sinceros e hipnóticos. Me sonrió. Sus dientes perfectamente blancos y ordenados formaban una sonrisa preciosa. Me besó los labios y con sus dedos de pianista me bordeó la cara y el cuerpo. Tienes un cuerpo precioso. Sonreí. Gracias. Me pregunté por qué no me habría gustado él desde un comienzo, después de todo, y a juzgar por su habitación, parecía un hombre culto, guapo e interesante.

Como queriendo escapar de aquel momento pregunté si me podía bañar. Saltó de la cama como un trompo: ¡por supuesto Chiqui! Lo seguí hasta adentrarnos en la puerta contigua, donde se hallaba el baño; encendió la ducha, y me abrazó. Besándome y sosteniendo mi cabeza entre sus manos, mientras esperaba a que el agua cogiera la temperatura adecuada, me dijo: Qué guapa eres por Dios. Y succionó mis labios con fervor. Ya está, toda para ti.

Bajo la lluvia cerraba mis ojos recreando las peripencias de la noche anterior. Sonreía para mis adentros mientras frotaba impetuosamente el shampoo sobre mis cabellos. Recubría mi estómago de jabón como queriéndo deshacerme de los recuerdos de la noche anterior. Como si mi mente no quisiera asumir el crecimiento que aquella experiencia me había dejado. Pocos minutos más tarde irrumpió en el baño. Oye, ¿te molesta que me duche contigo? Y dejando caer sobre mi cabeza ese torrente de agua caliente contesté no, mientras el jabón se delizaba hacia las tuberías.

La cortina se desplazó hacia mí y el Casanova de la cama entró a la bañera sonriente. Abrazó mi cuerpo como si esos breves minutos de separación fueran suficienes para extrañarme. Cogió el jabón líquido, lo restregó entre sus manos y comenzó a enjabonarme. Había tanta ternura en su actitud que preferí callar e imité sus acciones. Nos besamos y salí. Mojada sobre la alfombra me pregunté con qué me seco… -te he dejado una toalla limpia sobre el lavabo, dijo como si adivinara mis pensamientos-

Disfrutaba la ternura de sus atenciones pero mi mente repetía a su amigo, a quien rebautizamos el vikingo por sus rasgos eslavos. ¿Y el vikingo? -pregunté como a quien no le interesa la respuesta. Muerto en el sofá, ya lo verás.

Con una toalla como capa salí del baño y me aventuré a buscarle. Un sofá solitario en medio de un inmenso y diáfano salón alojaba un hombre tendido boca abajo. Un rincón ataviado de muebles apilados coronaba unos magníficos ventanales hacia el Paseo de la Castellana. Me sentí grandiosa y espléndida. Él salió de la ducha en cueros, su intimidad cubierta por una toalla. ¿Dónde está mi móvil? -pregunté como si él conociera la respuesta a todas mis preguntas. Creo que lo has dejado aquí Chiqui, junto a tu abrigo. Me acerqué y ahí estaba. El rondaba la casa en busca de cigarrillos. Yo preparaba la cámara para hacer algunas fotos. Qué cabrona, no le tomes fotos así, pobre. Su voz retumbó en el salón y el vikingo se retorció en el sofá protegiendo sus ojos de tanta claridad. Me acerqué para darle un beso y me rechazó levantándose de sopetón en busca de su ropas faltantes.

Miré a Pelayo con aires de culpable. Se me acercó, retiró mis cabellos mojados de mi rostro y me dijo: nada, no le hagas caso Chiqui, está de mal humor, no es tu culpa. Me besó y me retiré a espiar el resto de la casa para evadir el desplante aquel. Él seguía mis pasos explicándome que el piso era suyo y que vendrían esta semana a pintar la casa y por eso estaba todo recogido. Guió mi vista hacia el ventanal al Bernabéu con su dedo. Señalando varias pilas de revistas dijo: ella es mi hermana, es campeona nacional de golf, añadió.

Aquellas tiernas interacciones y un tonto juego con sus gafas de sol me invitaron a interesarme cada vez más por el personaje. Un breve interrogatorio que me permitió descubrir un lado mucho más atractivo de él: era crítico de arte, amante de las antigüedades, de finos gustos y lenguaje extenso.

Me invitó a desayunar a una pastelería argentina a la vuelta de su casa. ¿Casualidad? ¿Señal? Todo aquello me invitaba más a dudar sobre mi elección del vikingo. Me acompañó hasta la parada del bus. En camino a ella, con el sol iluminando sus ojos verdes me dijo: ¿te gustó mucho mi amigo, no es cierto? Bajé la cabeza derrotada, evadiendo su mirada. Puedo darte su número y quedas con él. Después de esta mañana con quien querría quedar sería contigo. No, gracias. No quiero nada con un tío que no quiere volverme a ver. Callé todo lo que pensaba de él, de sus ojos, de sus tratos, de sus manos y deseé volverle a ver mientras me despedía con un pico a bordo del bus que me conduciría a casa.

 

 

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