Sobre pelos púbicos

Foto: Jacqueline Romano

 

Esto de los pelos púbicos siempre ha sido un tema de debate.

Considero que los medios nos impulsan a depilarnos, pues obviamente hacen mucho más dinero vendiendo máquinas de depilar y afeitadoras que sin ellas, y así llevan años vendiéndonos la idea de que depiladas somos más guapas. Virginales, infantiles, diáfanas, impolutas. Lo decía Abraham De Amézaga en su libro Inspiradoras*.

Yo, como poca atención presto a lo que se dediquen las masas, pues paso de ello. En este tema sí que soy vieja escuela: donde hay pelos hay felicidad, habrá dicho el hombre lobo para conquistar mujeres. Lo cierto es que vengo a decirles, por experiencia propia, que los hombres no te rechazan porque tengas pelos en el chocho. A los hombres no les seducen las depiladas o las peludas, a los hombres les seducen las chicas auténticas, las que se alzan para defender su verdad.

¿Que ustedes se sienten más cómodas depiladas? A por ello. ¿Que les gustan los pelos a la antigua? Brindemos. A por lo que les haga felices, pero no por lo que les pueda gustar a ellos. Yo no discuto a menudo sobre este tema porque considero que debo ir contra la corriente, al menos por lo que sé por mis amigas cercanas. Los hombres son bastante conformistas, lo tenemos ya sabido. Más que nuestros pelos púbicos les gustan otras cosas de nosotras: las tetas, el culo, nuestros ojos o vaya a saber qué más. Aunque está claro que habrá algunos que las prefieren enteramente depiladas. Así que conmigo que se den media vuelta. Ni me miren.

Jamás, en mis 32 años de vida –tampoco es que sean tantos, vale-, me he encontrado con un hombre que no le gusten mis vellos púbicos. Salvo aquel caballero que conocí en una de mis primeras relaciones, cuando yo era una post-adolescente, que pidió depilarme. Nunca me detuve a preguntarle sus motivos, si era un fetiche o un simple gusto, pero ahí estábamos los dos en su ducha. Yo, de codos contra la pared y él con afeitadora en mano, de rodillas detrás de mí deshaciéndose meticulosamente de mis vellos. Esto después de haber atendido mi frente de batalla para quedar completamente depilada y con aires virginales. Eso es lo que creo que le molaba a mi chico de entonces. Bien, cada quien a su gusto

Con esto aclaro que no es que me disgusten los pelos. Lo que no me gusta es la sensación posterior. Dos días más tarde, cuando comienzan a crecer esos pequeños pelos púbicos que pican y a veces se encarnan. Ugh. Me niego a ser esclava de ocuparme de ellos a diario. Así que me relajo, los acepto como parte de mí, los corto de tanto en tanto y listo. Pero ojo, todo en su sana medida, que tampoco me gustan los matorrales, ni femeninos ni masculinos, así que manteniendo un punto intermedio me conformo.

 

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*Extracto de Inspiradoras de Abraham de Amézaga

El vello púbico

No las quiero depiladas, imitando una vagina infantil. La sola idea me repulsa. Quiero que tengan vello en sus partes, como yo tengo. Avendon, Newton y otros grandes así las han fotografiado, porque así son. Verlas desnudas, con su pelo rizadito, me excita, me excita mucho. Y más cuando lo acaricio con las llemas de mis dedos, cuando voy sintiendo que el sexo femenino se abre poco a poco, húmedo. Más cuando acerco mi cabeza, lo beso y acaricio entonces con la punta de mi lengua. Lo vuelvo a besar y continúo largo rato jugando con mi lengua, saboréandolo y sintiendo cómo goza una mujer, cómo se relaja, cómo recibe de quien la hace disfrutar. Ese momento es uno de los más felices de mi vida.

 

 

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Un comentario en “Sobre pelos púbicos

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