Sueño mojado

Foto: Hernan Sanchez (Unsplash)

 

 

Era un lunes soleado y fresco. Inusual para junio. Pero todo el clima aquel año había sido inusual.

A la hora a la que decidí cogerme un descanso, la oficina estaba casi vacía. La última planta, donde la cafetería, estaba sola como la una; sólo su centinela -la mujer de la limpieza- merodeaba por los rincones con la escoba. Sobre unos incómodos puffs de plástico rígido me dejé caer. Cerré mis ojos. Desaparecí.

Al cabo de un rato una presencia mi obligó a abrir mis ojos. A mi costado derecho un hombre, a unos pocos centímetros de mí, me miraba fijamente. No logré reconocer su rostro. Se abalanzó sobre mi cuerpo repentinamente. Rodeó mi torso con sus piernas a la altura de mis caderas y recostando su pecho paralelo al mío y sus brazos rodeándome se fue deslizando hacia abajo hasta que su ingle rozaba mis pies y su boca deslizaba mis leggins. Mi cuerpo se estremecía ante su presencia. Levemente deslizaba mi camiseta hacia arriba para descubrir la línea de costura de mi pantalón e introducir sus manos en él para deslizarlas hacia abajo. Me devoraba el coño con una maestría que pocos dominaban. Con su lengua masajeaba mis labios, y con sus labios succionaba mi coño con fervor. Yo languidecía en aquel incómodo puff rígido de oficina, que casi desaparecía en medio de aquella escena de placer. Olvidé quién era, qué hacía, dónde estaba y con quién.

La luz se colaba entre las persianas y un intruso rayo de luz fulminaba mi ojo derecho. No podía distinguir su rostro. No podía distinguir su olor y hacía esfuerzos por no emitir sonidos en medio de aquella marea de placer por temor a que nos escucharan. No hay nadie, me repetía a mi misma. El hombre se detuvo inesperadamente. El placer en pausa. Sus brazos acunaban mi espalda para levantarme de los asientos plásticos, bajarse los pantalones y cargarme para embestirme a un costado de la máquina expendedora de refrescos. Las latas tintineaban en su interior. Nuestros movimientos parecían ser augurio de fracaso. Era inesperado, impulsivo y delirante. Tomó mi mano y atravesando la puerta me arrastró hasta unas escaleras detrás de la cafetería que siquiera conocía. Me pregunto si alguien escuchará nuestros jadeos y por eso habrá decidido mudarnos. ¿La mujer que limpia usará auriculares? Por suerte no es hora de que pase el agente de seguridad. Aaaahhhh, siento su miembro erguido abrir mis carnes y estampar mi culo contra la pared. ¡Vaya arrebato de pasión! En la oficina…

Suena una música. Todo se detiene. Mis ojos se abren de par en par, una pared blanca nívea me enceguece. Es la alarma de mi móvil para volver a trabajar. Me he quedado dormida durante el descanso y esto tristemente no es más que un sueño mojado.

Quizás todo esto sea producto de leer las historias calientes de The Dying Animal de Philip Roth o de haber descubierto en el Book Club de la oficina un libro que regalé a mi colega: La vida sexual de los súper héroes.

 

 

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Más historias de oficina en: Aventuras del curro

 

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