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La ciencia de lo desconocido

La ciencia de lo desconocido Posted on 15 agosto, 2017Leave a comment

Feliz y soltera escritora. Mientras al hombre de mi vida le enseñan a usar el GPS y logre finalmente encontrarme, yo me dedico a contar historias para vivir, para aprender, crecer, respirar y entender.

Foto: rawpixel.com

 

 

Llevas días, días, días y más días. En realidad meses, meses y más meses, y años quizás, pensando en él. Clásico de cuando te gusta un tío.

Lo ves por los pasillos de la oficina con ese andar desenfadado que tiene. Fantaseas sobre cómo será salir con él. ¿Tendremos química? Tomarnos unas cañas, sonreírnos a escondidas, mirarnos de reojo, verle el culo mientras se para a pedir a la barra. Ver su sonrisa cuando viene con los tragos a la mesa, así como cuando brindamos porque este encuentro finalmente se da luego de meses, años, persiguiéndonos entre escritorios con las miradas.

Veo su cuerpo en el otro extremo de la mesa. Sus hombros cuadrados, su cabeza erguida, su sonrisa de esquina a esquina. Qué guapo es. No puedo creer que estamos aquí y no rodeados de ordenadores y cubículos de trabajo. Sus codos reposan sobre la mesa. Está relajado. Se siente bien conmigo, puedo verlo en su cuerpo inclinado hacia mí, sus hombros recogidos hacia el centro de la mesa, su frente relajada, sus ojos brillantes y su conversación sincera. No se pone nervioso; y si lo hace, disimula muy bien… mejor que yo. Me encanta verle. Es como una cascada de colirio para la vista. ¿Será acaso sólo eso, un colirio? Es tan guapo que me hace dudar si realmente querré algo más con él. ¿Será una mera curiosidad de compartir íntimamente con él?

Qué ganas de descubrir qué es esto. Esas palpitaciones abrasadoras que siento dentro de mí. De acabar besándonos sobre la mesa como dos novios perdidamente enamorados. Jugar con nuestras manos, bebernos la cerveza de un sorbo con tal de llamar a un taxi y huir de esto. Escuchar entre su sonrisa que sus labios me invitan a pasar la noche juntos. Dejar el dinero sobre la mesa, levantarnos, besarnos ardientemente, casi sin posibilidad de detenernos. Acabar en la calle pidiendo un taxi para irnos a casa, o a la suya. Devorarnos. Este tío debe ser bueno en la cama. Ese cuerpo alto y fornido aplastándome contra ella, la pared, la ducha. ¿Será tan sólo una fantasía? Me pone como una moto. No hay preguntas. Sólo carne y besos.

A la entrada de su casa nos detenemos, nos comemos las bocas desaforadamente como adolescentes que no contienen sus ganas. Como si acabáramos de conocernos o como si lleváramos años soñando con este encuentro. Mi cuerpo descansa sobre la puerta, sus manos en mi culo y de repente la puerta se abre, uno de sus brazos se desliza por mi espalda para evitar la caída. Nos reímos mutuamente y nos atropellamos hacia dentro de su recámara. Mutuamente nos despojamos de nuestras ropas. Con sus brazos me sostiene para dejarme caer en la cama.

En cuatro se tumba sobre mí y me besa la frente, los ojos, los lados de mi rostro, el cuello. Muero de risa, como siempre. Y morimos de risa. ¿Por qué te ríes? No puedo con las cosquillas. Mmm ¿tienes cosquillas? -pregunta con picardía sin dejar espacio de respuesta y sometiendo a mi cuerpo a una interminable ronda de ellas. Las risas invaden la habitación perdidamente. Acabamos en ese idílico momento lleno de confidencias, ósculos e intimidad.

Hablando de las guarradas que nos gustaría compartir juntos, se desliza sábanas abajo hasta mi coño para comerme sin prejuicio alguno. ¡Qué bárbaro es! Cuánto hacía que no compartía yo la cama con un varón así. Me penetra hasta hacerme llorar… de placer, sostiene mis piernas hacia el techo para penetrarme profundamente. Me gira a otra posición como si mi peso no existiera. Nos consumimos entera y gustosamente hasta empapar las sábanas con sudor y fluidos.

El sexo es bueno, no como lo esperaba. ¿Estaré siendo demasiado exigente? Este tío me gusta pero la cama con él no es maravillosa . Es como que no hacemos clic, como si la química se hubiera esfumado, como si nos hubiésemos convencido mutuamente de que congeniaríamos. ¿Seré yo? ¿Será él? Quizás tantos meses, tantos años buscándonos con la mirada, soñándonos mutuamente acabó mermando la química. Quizás nunca hubo química sino meras expectativas…

El secreto se ha develado: no tenemos química. Él no deja de gustarme. Pero aquí estoy yo, miserablemente desesperada. Con unas ganas locas de tener sexo con un tío que me penetre hasta hacerme llorar de placer, que me devuelva el alma al cuerpo. Aquí ando, pensando quién será mi próxima víctima. ¿Debería intentarlo con mi amor platónico del curro? ¿O debería llamar a mi barajita repetida del polvo de una noche?

 

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Con otros tíos en cambio, la química fue inmediata

A otros, en cambio, les vendría bien una escuela de sexo

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Feliz y soltera escritora. Mientras al hombre de mi vida le enseñan a usar el GPS y logre finalmente encontrarme, yo me dedico a contar historias para vivir, para aprender, crecer, respirar y entender.

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