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Relaciones a distancia

Relaciones a distancia Posted on 22 agosto, 20172 Comments

Feliz y soltera escritora. Mientras al hombre de mi vida le enseñan a usar el GPS y logre finalmente encontrarme, yo me dedico a contar historias para vivir, para aprender, crecer, respirar y entender.

Foto: Don Ross III (Unsplash)

Si hay algo en lo que he tenido experiencia en la vida es con relaciones a distancia. Y es que las relaciones de lejos me daban la posibilidad de moverme a mis anchas sin que nadie me invadiera o molestase, sin necesidad de rendir explicaciones a nadie, sin tener que compartir mi vida teniendo que compartirlo todo. A fin de cuentas, estaba en una posición cómoda: tienes a quien quieres sin mayor necesidad de compromiso; te sientes querida, atendida, pero eres libre de ejercer tu vida como quieras. Y eso fue lo que hice durante tantos años. Salía a mi ritmo, sin rendir explicaciones y disfrutando mi vida a mi rollo.

Cuando le conocí tuve una magnífica sensación de que había algo más entre nosotros. Por cómo nos conocimos, las conexiones, el timing con el que ocurría todo entre nosotros, por la magia que imbuía a cada uno de nuestros encuentros. Entonces llegó el día de la despedida, cuando se marchaba a China. Me dolía en el alma verlo partir pero entendía que era necesario y respetaba su decisión. Después de todo, nuestro encuentro interrumpió sus planes de visita al titán asiático.

Yo profundamente había decidido que no admitiría en mi vida una relación de lejos más. Debía acabar con aquella plaga, y consideraba que la mejor forma de hacerlo era cambiando mi manera de actuar frente a estas situaciones. Así que cuando él me dijo que partiría a China, porque así lo pedía su curiosidad, opté por dejarle porque le amaba.

Le pedí un tiempo prudencial -de un mes- para poder olvidarme de él. Aquel mes fue suficiente para asumir que se iba, pero no para olvidarle, dejar de quererle o extrañarle. Así que naturalmente acabamos en el mismo círculo vicioso de mantener el contacto. Nos escribíamos, enviábamos fotos, videos y voces casi a diario. Y en cuanto me vi envuelta en la misma experiencia de la que había sido partícipe taaantas otras veces entré en pánico. No sabía cómo manejarlo, cómo hablarlo con él, sabía que dejarlo me devastaría.

Esto tiene que acabar. Y cuando me propongo algo, hecho está. Así somos las taurinas. Entonces eliminé su Skype, el weChat y cuanta plataforma me permitiera ponerme en contacto con él y le pedí que por favor no me contactara más, que no quería saber nada de él, que esto me hacía mucho daño. No fue lo más grato de hacer, pero sin duda significaría un cambio de rumbo en mi vida: justo lo que necesitaba.

Dos años pasaron de esto. Y entonces nuestras memorias comenzaron a invadirme. Su perfume circulaba en el ambiente, historias de su tierra, hombres con su nombre. Todo era inexplicablemente señal de algo. ¿Qué algo? Algo desconocido, inexplicable. Lo ignoré durante algunos meses hasta que un tsunami incontrolable de nuestros encuentros se me presentaron de frente. Me dejaron sin escapatoria. Tanto así que opté por escribirle. Sólo para llevarme la mayor sopresa de la vida.

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Feliz y soltera escritora. Mientras al hombre de mi vida le enseñan a usar el GPS y logre finalmente encontrarme, yo me dedico a contar historias para vivir, para aprender, crecer, respirar y entender.

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