Háblame sucio

 

Siempre me ha entretenido el “háblame sucio“. Lo considero una grandiosa forma de dar rienda suelta a la imaginación, entretenerse un rato, y por qué no: soñar. Soñar que todas tus fantasías se vuelven realidad con un intercambio de mensajes. Después de todo, lo dicho puede ser sólo fantasía; puede convertirse en realidad sólo si damos cabida a ello. Tomando esto en cuenta y compartiendo guarradas, de tanto en tanto nos escribíamos mensajes, no precisamente eróticos.

Quiero ponerte en cuatro, morderte las nalgas y follarte por el culo. Uy si, me encanta eso. En cuatro te siento muy adentro de mi. Lo sé y eso me encanta. Quiero que me hagas acabar. Quiero hacerte acabar por el culo. Mmmm serías el primero. Me encantaría probarlo. Vas a probarlo. Te voy a follar tan fuerte, que te va a doler… pero te va a encantar.  ¡Quiero que me encante! No quiero olvidar esa noche jamás. Te voy a lamer el culo, te voy a poner mucho lubricante y te voy a follar por delante y luego por detrás. Te conozco, saliva no, solo lubricante. Pero no me molestan los besos negros, me excitan. Si, primero te voy a lamer toda y luego te voy a poner en cuatro, mucho lubricante y te voy a cogeré duro, duro, durísimo. Mmmmm que rico suena todo eso. Si. Después de que acabes me lo vas a mamar. Quiero que te chupes toda la suciedad de mi pene.

De repente la conversación se paralizó. No. La paralicé. La palabra suciedad no era melódica con el resto de la escena. Yo la imaginaba y ya me daban ganas de vomitar. Ya no me generaba morbo la escena, sólo ganas de borrar el mensaje y eliminarlo de mi lista de contactos. Háblame sucio, pero con reservas. Mmmm, pensándolo bien, eso no sé si existe. ¿Hasta donde llegan las fantasías? Buena pregunta.

Pues, eso es lo que tiene el sexting, que todo se acaba con tan solo cerrar el móvil.

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