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Scheherazade

Scheherazade Posted on 31 octubre, 2017Leave a comment

Feliz y soltera escritora. Mientras al hombre de mi vida le enseñan a usar el GPS y logre finalmente encontrarme, yo me dedico a contar historias para vivir, para aprender, crecer, respirar y entender.

Foto: Bardia Hashemirad (Unsplash)

Hoy seré vuestra Scheherazade, y os contaré un curioso cuento corto que narra cómo aquella mañana calurosa de Septiembre amanecí entre algodones. Mi cuerpo descansaba sobre un firme y mullido colchón de sedosas sábanas blancas. Grandes almohadones viscoelásticos me rodeaban, y un esponjoso duvet de plumas se amontonaba sobre mi cuerpo. Contadas veces he dormido tan plácidamente en una habitación tipo palacio: el Palacio de Villapanés (Sevilla), el Hotel De L’Europe (Amsterdam), la Fermé Sant Simeon (Honfleur) son algunos de los que me vienen a la mente.

La maravilla de estar desnuda rendida ante aquel placer sólo podía ser arruinada por dos hechos, que ocurrieron.

1. Que tu acompañante te despierte moviendo tu cuerpo con su brazo: ¿vamos a desayunar? Oh noooo, vida miseria, amor de mis amores, ¿por qué irrumpes en mis sueños y acabas de esta manera con este idilio? ¿Por qué no con besos y mimos? Por qué no más tarde y sin un dolor de cabeza que me parte en dos, del que sólo puedo ser consciente ahora que me han despertado.

Respiro profundo, volteo mi cuerpo hacia él y pregunto la hora. Son la 13:00. Ugh. A las 18hs tengo el cumpleaños de mi jefe, en el otro extremo de la ciudad.

En realidad soy consciente de que sea la hora que sea, mi cuerpo no está preparado para abandonar este paraíso textil. Entreabriendo y entrecerrando mis ojos, tras la insistencia de su compañero que desde afuera grita: vamos chicoooos, entiendo que debo levantarme. ¿pero esto qué es un preescolar? Volteo mi cuerpo y el personaje en cuestión ya no está. Cierro nuevamente mis ojos. No pienso ir a ninguna parte con esta roña, este olor, este sudor y estos fluidos. Así que hasta que el cuasi caballero reaparezca y pueda pedirle la ducha, permanezco inerte. Al cabo de un rato, un dedo que se pasea en círculos por el centro de mi espalda me despierta. No sé si esto es un dulce despertar o una invitación a seguir durmiendo. Pero entiendo que ha vuelto a por mi y le pido ducharme. Adelante, toda tuya. Tomo una bocanada de aire que me de fuerzas para levantarme y enfoco mi vista en reconocer los alrededores que anoche ignoré, solo para darme cuenta que aquello conformará la segunda razón para arruinar mi idilio.

2. Que al abrir tus ojos el shock visual te deje inmóvil. Las persianas están bajas, casi todo es oscuridad, salvo esas  minúsculas luces que se escapan por entre las rendijas de las persianas. Se aprecia con claridad los muebles y sus contornos pero los colores no se pueden valorar por completo, y eso creo que es una gran suerte en este caso. Estoy rodeada de empapelado a rayas verticales moradas y grises intercaladas de unos 8 cm de ancho. Todas las paredes son iguales excepto la principal, cuyo papel es gris liso con patrones de arabescos repartidos equitativamente por toda el área. A ésta la corona una cabecera de cama estilo camelback en capitoné blanco. Todo parece de altísima calidad. Frente a mi lado de la cama hay un armario empotrado blanco. Del suyo una cómoda… dorada.

Habiendo identificado mis alrededores opto por mirar al techo. Mejor que no. Una gran araña se suspende sobre la cama. Cuatro grandes espirales forrados en tela gris plomo revestidos con minúsculas piedritas de Swarovski envuelven a otros espirales más pequeños y largos. Entre ellos danzan tiras de cristales triagonales que varían en largo y grosor de acuerdo con la composición, todas en tonalidades de lo que asumo será gris cobrizo; acabando en un cristal en forma de pera de mayor tamaño. Como un espanto hecho lámpara. Por si aquella araña no demandara suficiente atención, hay, pendiendo sobre sendas mesillas redondas negras; lámparas a juego -del mismo autor-, pero más largas y angostas. Están suspendidas sobre unas cadenas forradas en tela gris plomo satinado. Respiro profundo, sé que es la primera y última vez que estaré en este lugar. Batiendo mis piernas me deshago del edredón que me cubre. Deslizo mi cuerpo sábanas abajo, pesco del suelo mis ropas y enfilo al baño. De camino entre la habitación y el baño me sorprende una alfombra fuchsia con arabescos negros. ¡Madre mía!

En medio de aquel ¿esplendor? decorativo pocas palabras me quedan en la boca, creo que todas me las ha arrebaratado la decoración, las ha absorbido la cama, o las ha secuestrado mi dolor de cabeza. Eso sí, como se entere el rey de esta historia lo que esta Scheherazade os cuenta, creo que me azotarán, aunque dependiendo del tipo de azote, podría seguirles contando.

Feliz y soltera escritora. Mientras al hombre de mi vida le enseñan a usar el GPS y logre finalmente encontrarme, yo me dedico a contar historias para vivir, para aprender, crecer, respirar y entender.

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