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Las mil y una noches

Las mil y una noches Posted on 21 noviembre, 2017Leave a comment

Feliz y soltera escritora. Mientras al hombre de mi vida le enseñan a usar el GPS y logre finalmente encontrarme, yo me dedico a contar historias para vivir, para aprender, crecer, respirar y entender.

Las mil y una noches pasaría yo con ese hombre… no precisamente contándole historias.

Depojados de ropas nos sumergimos en aterciopeladas sábanas blancas. Su cuerpo fornido se abalanzó sobre mí besándome profundamente. Su boca abierta cubría por completo la mía, mientras que su lengua deambulaba por mi garganta, sus manos en mis pechos y sus piernas enjaulando las mías.

Fijaba mis manos a la almohada y mi cabeza se hundía entre almohadones mientras él se delizaba para hacerme sexo oral. Mi corazón latía aceleradamente y mis piernas temblaban de placer. Nuestras respiraciones se acortaban siendo él dueño y amo de mi cuerpo. Yo me dejo hacer. Mis manos son esclavas de una suya, las sujeta contra la cabecera de la cama mientras la otra bordea mi silueta pellizcando mis carnes, hundiendo su dedo en mi vagina como prolegómeno para que su lengua continúe. Me mojo. Me empapo. I Love your wetness.

En cuanto se erguía para abalanzarse sobre mi cuerpo, notaba su pecho firme, sus hombros abiertos, sus músculos perfilados, sus ojos mirándome y su miembro sólido enfundado para adentrarse en mí. Jadeaba en cuanto sentía su pene entrándome. Mi vagina deglutía aquellas carnes largamente sedientas de una buena follada. Aquel hombre se movía dentro de mí como un toro. Entre embestidas conducía mi mano hacia mi clítoris para una doble estimulación. En la vida había compartido la cama con un hombre que me invitara a tocarme mientras me penetraban.

Quiero verte tocarte, verte correrte. Ya me gustaría a mi también, pensaba mientras su miembro rozaba mis paredes vaginales, y su mano presionaba la base de mi cuello. Sus movimientos eran lentos y precisos, sus manos fuertes y controladoras. Y sus piernas eran como rocas que bordeaban un acantilado. Cogía las mías por los muslos y reunía mis pies en su pecho. Sentía su enorme polla adentrándose profundamente y saliendo de mi una y otra vez. Lentamente. Rápidamente. Mi cuerpo tiembla y agradece su llegada.

Gemía y gritaba de placer con cada embestida y él sólo decía I love that pussy. Controlaba la situación como pocos. Consciente de su peso y del mío, me movía a lo largo y ancho de la cama a su disposición. Confesión: cómo me gusta un hombre en control -no controlador-. Se apartaba de mi para tirarse en la cama y recogerme entre sus manos como una pala mecánica para calzarme encima suyo cual última pieza de un rompecabezas.

Estar arriba me gusta porque lo siento más profundamente y soy yo quien tiene las riendas de esto. Me muevo a mí ritmo, él sujeta mis caderas y se mueve a mi compás. Estiro bien mi espalda y llevo mis manos a sus piernas. Mantengo movimientos acompasados. Me da nalgadas y aprieta mis piernas con sus manos. Las mías acarician su pecho y bordean su cara hasta que una de ellas es conducida nuevamente a estimular mi clítoris. Esto es algo muy suyo. Estoy sorprendida, complacida y al borde del éxtasis.

Se levanta, me coge de un lado y me aplasta boca abajo contra la cama. Me da nalgadas y yo me muerdo los labios. Me encanta. Vaya toro me he cruzado. Alza una de mis piernas por encima de su cuerpo y me folla de costado, cual posición tenedor. Creo que este hombre se conoce el Kamasutra de atrás pa’ lante. Estimula mi clítoris mientras me penetra y yo me sumerjo en las sábanas. Nos corremos. Nos tumbamos. Nos dormimos.

Repetiría las mil y una noches de sexo con este hombre. Los días con él no creo que me interesen.

 

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Feliz y soltera escritora. Mientras al hombre de mi vida le enseñan a usar el GPS y logre finalmente encontrarme, yo me dedico a contar historias para vivir, para aprender, crecer, respirar y entender.

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