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Ansiedad

Ansiedad Posted on 5 diciembre, 2017Leave a comment

Feliz y soltera escritora. Mientras al hombre de mi vida le enseñan a usar el GPS y logre finalmente encontrarme, yo me dedico a contar historias para vivir, para aprender, crecer, respirar y entender.

Foto: Freestocks.org
Foto: Freestocks.org

Pasa siempre. Te gusta un tío. Te enamoras de a poco. Piensas en él a diario.

Comienza a invadir tu mente de manera apresurada. No sabes cómo controlar su omnipresencia en ti. No sabes cómo expulsarlo de ella. La ansiedad se apodera de tu cuerpo, los nervios te pueden, los pensamientos te dominan, te despiertas recordando su cara, te duermes dibujando su silueta.

Una noche cualquiera sales con tus amigos y piensas en él. Piensas en cuán diferente sería tu vida a su lado. Tus pensamientos se apoderan de tus emociones. Sueñas con una vida en pareja y te obsesionas con la idea. Y de repente, pierdes 15 de los 33 años que tienes y te conviertes nuevamente en una adolescente que espera ansiosa en su silla una respuesta, una invitación, una visita, cualquier clase de indicio para sentirse valiosa y querida. Necesitando la atención y la certeza de aquello que la rodea sin darse que cuenta que nada en este mundo tiene certeza. Tampoco él, ese encuentro o ese conato de relación que tu ego se ha esmerado por alimentar tras un par de gratos encuentros y nada más.

Estás incómoda contigo misma. Tu corazón y tu mente a batalla campal sobre aquel escritorio, ojos perdidos en el ordenador y manos congeladas sobre el teclado. La impaciencia flota a tu alrededor queriendo ahogar tu día de trabajo distrayéndolo de cosas más importantes, enfocando la atención en un par de piernas masculinas, una sonrisa reluciente o un par de ojazos. Esperando respuestas que tardarían horas, días o meses en llegar. O que quizás, no llegarían nunca.

Como cualquier otro día coges el metro, te abstraes con la mirada fija en un punto de una ventana que sólo procesa una sucesión de negros. Como una película de antaño donde se notan cada uno de los cuadros. Al salir te dispersas entre los colores de la gente que te rodea. Sales de bajo tierra y observas cómo los árboles mueven sus ramas con el viento, cómo la gente mira pantallas que sólo las distancian de su realidad, te detienes en el cielo, en sus nubes estáticas o pasajeras, en su luna plateada brillante. Subes andando por la calle Alcalá ignorando a la gente que te rodea, al viento que sopla. Te cuestionas sobre si ir a un bar a solas por copas o sobre cómo sería una salida con él. No tienes su teléfono. No podríamos salir. ¿Y si lo tuviera? ¿Le atreverías a escribirle?

¡Qué cobarde eres para estos asuntos! ¿Dónde está esa mujer valiente que dejó su país y su familia para probar suerte en tierras lejanas? ¿Dónde está la chica en constante búsqueda de aventuras a solas? ¿Dónde está esa dama de hierro independiente y resolutiva? Esa que ferozmente contesta ante injusticias, que no calla su verdad a pesar de la incomodidad que esta pueda generar en otros. ¿Dónde está? ¿Dondeeeee coño? Y entonces dejas de reconocerte. Desconoces a dónde se ha ido esa chica.  ¿A dónde se escapa cuando un hombre le llama la atención?

Es inaudito. ¿A que no lo entiendes? Pues, yo tampoco, pero me gusta un hombre y me convierto en una cobarde. Automático. La vulnerabilidad me esclaviza, se burla de mí. Y yo me siento derrotada. Soy esclava de mi mente que solo busca satisfacción inmediata. Alguien que me halague, me consienta, me llame, me busque… me quiera. Esas fantasías son productos de la mente, no del corazón. Esa inmediatez genera ansiedad cuando no se atiende. Pienso en ansiedad y me viene a la mente: “Ansiedad, de tenerte en mis brazos, musitando palabras de amor. Ansiedad, de tener tus encantos. Y en la boca volverte a besar”.

Me pierdo en esta canción y de ella salto a otra, y me olvido profundamente en quién pensaba… ¡ah sí! en él. Y en qué perdedora soy con no tener su teléfono, en no tener el valor de invitarlo a tomar unas cervezas, un café o lo que convenga. Nah, esto es todo tontería, te recuerdas, no lo quieres a él. Es a tí misma a quien llamas la atención. Es un recordatorio al amor propio. Esa ansiedad sólo te pide quererte.

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Feliz y soltera escritora. Mientras al hombre de mi vida le enseñan a usar el GPS y logre finalmente encontrarme, yo me dedico a contar historias para vivir, para aprender, crecer, respirar y entender.

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