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Dulce despertar

Dulce despertar 13 febrero, 2018Leave a comment

Feliz y soltera escritora. Mientras al hombre de mi vida le enseñan a usar el GPS y logre finalmente encontrarme, yo me dedico a contar historias para vivir, para aprender, crecer, respirar y entender.

Nuestra noche de sexo había sido fulminante y deliciosa. Descanso sobre la cama acunando fuerzas para marcharme. Obviando las dificultades que significarían despertarlo y convencerlo de levantarse, vestirse y abrirme la puerta, opto por alistarme sin decir nada. Me levanto. Él ni se inmuta. Duerme como un lirón sin saber que le espera un dulce despertar. La tarea de levantarlo nunca ha sido fácil.

Vestida y arreglada me siento al borde de la cama. Le beso la frente, mis dedos remueven los pelos de su rostro y le hago mimos en el pecho. No hay reacción. Acerco mi rostro al suyo y le digo, despierta, que me voy. Entre ojos cerrados me dice ¡Nooo! Me causa gracia su reacción. No estoy segura si sigue dormido o es consciente de lo que dice. Continúo dándole besos y caricias. Se mueve, remolonea en la cama, de cuando en cuando abre los ojos, me abraza y se vuelve a dormir. Me escabullo y continúo el reto. Cambio los mimos por suaves cosquillas. Al oído le digo: me tengo que ir al metro; mientras mis uñas recorren el costado de su torso. Reacciona. Lo logré.

¿Cómo me haces esto? No te puedes ir de acá. Me hace reir. Mañana trabajo. Pero quédate conmigo. No puedo, lo siento. Con los ojos entreabiertos me dice: Qué feo que te levantaras y te arreglaras mientras yo dormía. Si me quedaba contigo en la cama -le digo al oído- no me habrías dejado irme. Anda, ábreme la puerta. No, por favor, no quiero que te vayas, quédate aquí conmigo. Anda, vamos, le digo rascando su pecho. Un ronquido irrumpe en los minutos de silencio siguientes.

Respiro profundo y continúo mis peripecias para despertarlo. Me acerco a su rostro, le beso las mejillas, la nariz, el cuello, la frente, mientras mis manos recorren sus brazos; anda, ábreme la puerta. Respira profundo, estoy decepcionado, ¿cómo me haces esto? Tendrías que quedarte acá conmigo. No puedo amor, por favor, dale, que no tengo llave para salir.

Me abraza sobre su pecho, no tienes que salir, tienes que quedarte aquí. Ya me gustaría, pero ya te he dicho, mañana trabajo y el viaje a casa es largo. Anda, vístete. Noooo, por favor, me dijiste que te quedabas un rato más. Mi cabeza descansa sobre su pecho. Sí, jajaja eso fue hace 2 horas. Comimos juntos, dormimos una siesta y hace 20 minutos que te estoy pidiendo que me abras la puerta. Noooo, quiero que te quedes, por favor. Amor, mañana trabajo. En seguida lo escucho roncar. Lo muevo un poco. Por favor, no me obligues a usar técnicas más bruscas. ¿Eh, qué técnicas? No me obligues a usarlas. Y sin terminar la frase vuelve a los brazos de morfeo.

Mi mimosa estrategia pareciera no estar rindiendo frutos, es necesario cambiarla. Y con ello deslizo mi mano cuerpo abajo y comienzo a hacerle mimos a su polla flácida y dormida. La aplasto contra su cuerpo mientras la acaricio de arriba a abajo con suavidad. En seguida responde -¡esto es una maravilla!-. En minutos la siento firme, pero escucho sus ronquidos. Parece que esta técnica no es muy efectiva. Continúo la estimulación, tomo su verga entre mi mano, veo el prepucio imitar el comportamiento de la misma. De arriba a abajo la muevo con suavidad y aplicando una ligera presión. Escucho un gemido suyo entre ojos cerrados.

Continúo con esperanzas de que esta técnica pueda comenzar a rendir frutos. ¿Me vienes a abrir la puerta? A ti te voy a abrir en dos. Me río en voz alta, me encantan sus salidas inesperadas. ¿Te despertaste? pregunto con voz pícara, besándole la boca. No, sigue, dice sonriendo y abriendo sus ojitos. Mi mano continúa deslizándose de arriba a abajo de su polla. La introduzco en mi boca y escucho otro gemido. Su verga tiesa comienza a mantenerse erguida por sí misma. Muevo mi lengua por todo su tronco. Hundo mi boca en ella y la saco. Él tiembla de placer. Sus manos empiezan a moverse, acarician mis piernas. Tomo sus huevos entre mi mano mientras continúo succionando su miembro. ¡Ayyy cómo me tienes! -dice a la par que tapa su cabeza con una almohada.

Aquello sí que fue un dulce despertar. De ahí en más, nuestra relación quedó marcada por aquellas mañanas felices.

Feliz y soltera escritora. Mientras al hombre de mi vida le enseñan a usar el GPS y logre finalmente encontrarme, yo me dedico a contar historias para vivir, para aprender, crecer, respirar y entender.

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