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La cima del cachondeo

La cima del cachondeo 20 marzo, 2018Leave a comment

Feliz y soltera escritora. Mientras al hombre de mi vida le enseñan a usar el GPS y logre finalmente encontrarme, yo me dedico a contar historias para vivir, para aprender, crecer, respirar y entender.

Habíamos quedado -como lo hacíamos cada miércoles que tuviéramos libre de trabajo- en ir al Ávila. Esa grandiosa cima verde que se yergue sobre la ciudad separando a la capital venezolana del Mar Caribe. Su pedido: vestido corto, uñas rojas y nada de ropa de interior. Señal de que nos dirigimos a la cima del cachondeo. ¡Mmmm, cómo me gustan sus picardías!

A la hora pautada sonó mi puerta y estaba él esperándome en su coche. Siempre perfumado, peinado y en camisa. Abro la puerta del auto, y en un guiño de complicidad me giro de espaldas y levanto mi falda. Vestido arriba me recojo una nalga con la mano y por sobre mi espalda establecemos contacto visual. Abro las piernas, me inclino hacia adelante para que pueda ver mi ano y mi vagina. ¡Ay! Cómo me pones nena.
Me incorporo, lo miro de reojo, le hago un guiño, puchero y me subo al coche. Le miro a los ojos, humedezco mis labios y le regalo un beso en la boca y sin necesidad de bajar la mirada descubro una carpa bajo sus pantalones deportivos. Sonrío pícaramente, me muerdo los labios, sé que lo mejor aún está por llegar. Me obligo a mantener la cordura e ignorando lo anterior sonrío preguntando: ¿arrancamos?

Con su pie en el acelerador, se esfuerza por mantener la compostura y no perder prudencia. A mí me superan las ganas, me giro hacia él y sin piedad alguna, me abro de piernas, mi pie derecho sobre el tablero dejándole ver cómo mis dedos medio y anular se hunden en mi entrepierna.

Los introduzco en mi boca mientras le miro a los ojos. Humedecidos acarician mi clítoris mientras mi otra mano abre mis labios vaginales de par en par para que él no pierda vista de cómo me masturbo introduciendo y extrayendo mis dedos dentro de mí. Imbuidos de mis fluidos y aromas bordeo sus labios. Sé que eso lo pone. Su deseo se traduce en una mancha irregular de humedad en la cumbre de la carpa que me pone como una moto.

Continúo el juego de seducción remojando mis dedos en mi vagina y deslizándolos sobre sus labios. Enfoco mi atención en su erección encubierta y poso mis dedos sobre su humedad y con movimientos circulares hago que la carpa y la mancha crezcan. Un semáforo rojo le permite llevar su mano a la boca para humedecerla y alcanzar mi clítoris. El contacto de sus dedos sobre mi fuente de placer me sacan de este mundo. Me dejo disfrutar dejando caer mi cabeza sobre el asiento en señal de rendición. Somos esclavos de la sed de nuestros cuerpos pues la luz verde coarta nuestro encuentro, pero en breve arribamos a nuestro destino.

Aparcamos, en segundos está cogiendo mi mano para salir. Me acorrala en un abrazo besándome apasionadamente mientras sus manos se deslizan hasta mis caderas. Presiona su entrepierna hacia mí obligándome a sentir su bulto tenso y caliente palpitar. Sus manos se cuelan bajo mi falda deshaciéndose de mis bragas, las mías se encargan de desabrochar su pantalón destapando una firme erección que sujeto entre mis manos y deslizo entre mis piernas. Jadeo. Mis brazos rodean su cuello, los suyos sujetan mis caderas y con movimientos verticales nos consumimos en la puerta de su coche.

Un estruendoso ruido nos detiene del susto. Nuestras respiraciones entrecortadas y nuestras ganas en pausa. Me desmonta de sí y en cuanto se va a abrochar el pantalón lo freno. Abro la puerta, me siento frente a él, lo tengo a la altura perfecta. Mojo mis labios con saliva e introduzco su pene en mi boca. Lo sostengo entre mis uñas rojas y acaricio su glande con mi lengua. Comienzo por masturbarle moviendo mi cabeza al compás que mis manos y lo siento disfrutar. En seco lo corto, me levanto, le beso la boca, le abrocho los pantalones y guío su mano hacia mi coño para que sienta mi humedad. En cuanto abalanza su cuerpo hacia mí buscando seducirme lo freno. Cierro la puerta del coche y lo arrastro de la mano hacia la entrada al teleférico.

Es nuestro día de suerte, casi no hay nadie. La bondad de ser miércoles. Con el cierre de puertas de la cabina pareciera haberse abierto un universo de erotismo infinito. Me toma entre sus brazos y me besa intensamente. Nuestras lenguas se buscan, se juegan, se persiguen; nuestras manos se pierden en el cuerpo del otro deshaciéndose de las ropas. Ambos desnudos, él de espaldas contra el suelo y yo sobre él, mi vagina en su cara y con su lengua dentro mío me masturbo. Sus manos empujan mis nalgas hacia su cara. Mis dedos entran y salen de mí, se pasean por su boca, por la mía. Me deslizo hacia abajo, sus manos acarician mis pechos y guían mi boca a la suya para devorarnos.

Me levanto, ubico mis nalgas en su cara y siento su lengua recorrer mi ano y moverse hacia mi vagina. Me encanta sentir su lengua en mis profundidades. Jadeo y me inclino para que sumerja su pene en mi boca. Aún lo siento merodeando mi vagina con tu lengua, la mía en su glande. De camino a la cima, la cabina se tambalea. A pesar de ello me alzo y me siento sobre su pene. Lo meto y lo saco repetidas veces hasta que el éxtasis nos consume. Respiramos profundamente y nos levantamos de sopetón.

Él toma mis nalgas entre sus manos, me alza en el aire y me penetra colocándome sobre su miembro y juntos, al compás de nuestros movimientos, me muestra universos de placer que desconocía. Y como si nuestros cuerpos estuvieran en sintonía con el trayecto, en ese instante, el sistema de rieles desacelera su ritmo, nuestros cuerpos se tambalean y la cabina entra en una especie de túnel que oscurece nuestros cuerpos, nuestras respiraciones se entrecortan y en breve estamos fuera de ella descendiendo una gran colina cuya caída era parecida a la de una montaña rusa.

Con aquel vacío, nuestros cuerpos exhaustos y jadeantes alcanzan el orgasmo a la par que la nave desciende forzosamente. Como deshaciéndose de la fricción, del peso, los prejuicios, los problemas, la leche y todo lo que nos carga. Exhaustos y sin aliento, nuestros cuerpos se desploman en el suelo.

La nave emprende la subida final y nuestra llegada a la cima del canchondeo no cuenta con evidencia alguna de nuestra aventurilla, salvo que, dentro de la cabina, una nube espesa de sudor, morbo y deseos empañaba las ventanillas.

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Esta historia es una libre adaptación de un escrito que me envió un lector, Juan F

Feliz y soltera escritora. Mientras al hombre de mi vida le enseñan a usar el GPS y logre finalmente encontrarme, yo me dedico a contar historias para vivir, para aprender, crecer, respirar y entender.

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