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Teatrillo pornográfico en la oficina

Teatrillo pornográfico en la oficina 3 abril, 2018Leave a comment

Feliz y soltera escritora. Mientras al hombre de mi vida le enseñan a usar el GPS y logre finalmente encontrarme, yo me dedico a contar historias para vivir, para aprender, crecer, respirar y entender.

Mi móvil había dejado de ser un inocente receptáculo de imágenes, vídeos y chats para convertirse en un teatrillo pornográfico que aquel hombre se había dispuesto a hacer para mí deleitándome a distancia. No sé yo cuántas horas de diferencia horaria nos separan, lo que realmente se traducía en: mientras yo dormía, él trabajaba; y mientras yo trabajaba él se desnudaba frente al móvil. Recibía mensajes eróticos durante toda mi jornada laboral, y no eran fáciles de digerir. Durante esa semana fui al baño más de la cuenta, no precisamente por malestares estomacales.

Va a terminar viéndote alguien aquí -le escribo- porque cada vez que abro el móvil tengo una polla tuya o tu culo, mándame por favor un último mensaje que diga abrir en privado, o yo que sé. Obviando mi mensaje me dice:  espérame en tu puesto que ya me escondo yo debajo de la mesa para chupártela toda mientras trabajas así no tienes que ver el móvil ni levantarte a cada rato. ¡Qué morbo me das! Pues si vieras lo abierta que es esta oficina no estarías haciendo planes debajo de la mesa. Entonces te espero en el baño.

Al cabo de unas horas, fui al baño y en la pared, una pegatina pone 69. No creo en las casualidades, aquello era como una invitación erótica para que el teatrillo pornográfico en la oficina continuara. Tomo una foto de ello, se la envío y vuelvo a mi puesto.

Al cabo de un rato, entre responsabilidades, emails y llamadas dejo de prestar atención al móvil durante varias horas. En cuanto lo abro encuentro fotos explícitas de su pija flácida, creciente, erguida, de frente, de costado, él en la cama, en la ducha, su culo, su pecho, su espalda. Vamos, ¡todo! Seguido de una detallada descripción de sus medidas y cómo sería nuestro 69 en el baño: no soy muy alto, pero tengo fuerza suficiente para sostenerte de cabeza contra mi cuerpo, tus piernas abiertas entre mi cara y tus rodillas flexionadas sobre mis hombros y toda la retahíla de cómo sería el episodio.

¡Madre mía! Acabo de leer lo que me mandaste, me vas a hacer acabar aquí mismo en la oficina. Yo no sé cómo explicarte lo que me pasa ahora mismo. Escríbelo y muéstralo, que yo te como en cada imagen y palabra.

Soy parte de un teatrillo pornográfico en la oficina. Me siento morbosamente amarrada. Como cuando ves una buena porno, pero no te tocas porque estás en un lugar público entre mucha gente. Me hace acordar aquella frase de: “Llegué al trabajo. Te caliento luego. Te escribo digo. Que erecciones aquí no serán bien vistas.” Entonces tengo las ganas reprimidas (muuuuchas más con los vídeos que me enviaste y las fotos de ayer, el morbo que me genera tener que ir al baño a verte, las guarradas que me dices, etcétera), humedad en mi vagina, una especie de nudo en la garganta, como una revolución en el estómago y una eterna sonrisa.

Su respuesta vino en fotos de su torso desnudo, su pene erecto invitándome a la ducha. Por suerte para entonces, ya yo enfilaba a casa.

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Feliz y soltera escritora. Mientras al hombre de mi vida le enseñan a usar el GPS y logre finalmente encontrarme, yo me dedico a contar historias para vivir, para aprender, crecer, respirar y entender.

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