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Penne rigate

Penne rigate 13 noviembre, 2018Leave a comment

Feliz y soltera escritora. Mientras al hombre de mi vida le enseñan a usar el GPS y logre finalmente encontrarme, yo me dedico a contar historias para vivir, para aprender, crecer, respirar y entender.

Esta historia, si bien se desarrolla en el sur de Italia, no va precisamente sobre pastas. Fue, en medio de un paisaje de ensueño, en unas merecidas vacaciones y su airbnb con vista al mar, que nos conocimos.

Yo con certeza les cuento que aquello fue un flechazo mutuo. Absoluto. Sus ojos sonrieron al verme y mis carnes se ablandaron. Aquella pronunciada espalda, esos ojos café, aquellas melenas castañas onduladas. *Suspiro* Bienvenida a Italia, me dije a mí misma.

Giorgio, el chico que me alquilaba su piso vivía en aquel encantador paraíso mediterráneo al que yo había llegado por pura coincidencia. Qué pena que aquel bombón no viniera con el piso porque ¡vaya festín me habría echado yo porque sin amantes esta vida es infernal ! Bueno, tampoco vine yo buscando fiesta, así que ¡gracias Dios! por el colirio… yo vine a reposar mi bello cuerpo en este mar celestial. Debo confesar que nunca había disfrutado de un viaje tan relajante. Aquello de despertarse con la brisa marina en el rostro, desayunar en la terraza, almorzar con los pies en la arena, leer un libro frente al atardecer y acostarse con el sonido de las olas, fue sin duda la mayor experiencia zen de mi vida. Y lo mejor de todo, es que la rutina se repitió diariamente durante cinco días.

El último día le pedí al guapete italiano extender mi estadía una noche más y me dijo: impossibile, tengo otra reserva.

Convencida de querer permancer una noche más en el paraíso, alquilé una bici y salí temprano en busca de otra habitación. No descansé hasta encontrarla, y al final de la tarde, cuando volvía en busca de mis cosas me topé de nuevo con Giorgio. Bella (dijo con su acentazo italiano y esa dejada doble ele): ¿qué planes tienes? ¿te quedas una noche más acá?

– No, me dijiste que estaba reservada la habitación, así que me fui a buscar otra.

-¡Non e vero!

-Sí, me lo has dicho tú. Pero ya está, asunto resuelto

-Pues me han cancelado la reserva bella

– No pasa nada, he venido a buscar mis cosas para irme al otro lugar.

-Yo te llevo guapa

-Nah, no te molestes, muchas gracias pero solo tengo dos maletas pequeñas que llevarme.

-Insisto, las llevamos en la moto e dopo, unas birras.

Pensándolo bien, no era mala idea y como soy de pico fácil, accedí. Birras fueron y vinieron hasta bien entrada la noche, y entre una cosa y otra acabamos dando una vuelta en moto sobre los riscos como si sobrevoláramos el mediterráneo. Yo prendida como una garrapata a su espalda. En mi descenso me tomó entre sus brazos, me besó y sin darme cuenta cómo ni cuándo acabé en su cama, descubriendo por qué el universo me había propuesto apartarme de aquella locación esa noche.

Entre luces tenues, se desvistió al toque, impidiéndome disfrutar de aquellos pectorales y ese abdomen plano que palpaban mis dedos en aquel paseo motero. Su pesado cuerpo sobre el mío me recordaban cuánto tiempo hacía que no tenía un encuentro así, con un hombrazo, con un italiano que sabe fare l’amor. ¡Mamma mía! Cerraba mis ojos en señal de agradecimiento por aquel encuentro de ensueño, que fue más de sueño que de encuentro pues cuando se abalanzó sobre mí entendí la importancia de las cosas. Las dimensiones de la realidad. Las putadas de la vida de cruzarme en mi camino a un príncipe de novela romántica con un pito tamaño penne rigate.

A la mierda con Raffaela Carrá y su “para hacer bien el amor hay que venir al sur“.

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Otra historia fallida con italianos que tuve fue la del Galán italiano

Feliz y soltera escritora. Mientras al hombre de mi vida le enseñan a usar el GPS y logre finalmente encontrarme, yo me dedico a contar historias para vivir, para aprender, crecer, respirar y entender.

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