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Reencuentro Chino

Reencuentro Chino Posted on 17 October, 20171 Comment

Feliz y soltera escritora. Mientras al hombre de mi vida le enseñan a usar el GPS y logre finalmente encontrarme, yo me dedico a contar historias para vivir, para aprender, crecer, respirar y entender.

Foto: Archivo, 2017

Aquello no fue un cuento chino, sino un reencuentro chino

Recibí su correo, en respuesta al mío. Se sorprendía de haber recibido un saludo de mi parte luego de casi dos años sin contacto alguno. El mismo explicaba que la única razón por la que no me había escrito era respetando mi voluntad. Continuaba: No estoy en China, bastante más cerca, dependiendo de dónde estés tu (¿sigues en Madrid?), estoy en Málaga. Entré en pánico. No, en shock… no, lo siguiente. Una barra de chocolate y una vuelta en el parque calmaron mi ansiedad.

El finde transcurre sin noticias luego de aquella bomba emocional. Una llamada suya irrumpe mi jornada laboral el Lunes. ¡Qué gusto escucharte… tanto tiempo! -le digo. Por tu culpa, responde. Bueh. Sí, quizás. No me arrepiento de ninguna de mis decisiones hasta ahora. Quizás sea más bien culpa tuya… si tienes ganas de escucharme y saber de mi, ¿por qué no contactarme? Bueno, no entremos en detalles. Ignoro su resentido comentario. Intercambiamos algunas palabras al teléfono sobre qué está haciendo cada quien después de poco menos de dos años sin contacto. Y le digo: pues avisa cuando vengas a Madrid y ya nos vemos.

Voy mañana… ¿MAÑANA? ¿Joder ni tiempo tengo de procesar tanta cosa? Voy para el cumpleaños de un amigo, así que estaré un poco liado, pero podemos quedar el viernes. El espacio de tiempo es bien agradecido para poder digerir tanta movida. El esperado día llega pronto, y coincidimos en el Retiro. Está igual de guapo que siempre, aquel Adonis desgarbado de cabellos rubios desteñidos por el tiempo. Le pido un abrazo de oso y es como si el tiempo no hubiera pasado. Caminamos por debajo de los árboles hacia la Fuente de los Galápagos. Me cuenta que anoche ha estado de fiesta con sus amigos, pero que su colega se ha puesto malo y aquello no ha acabado como esperaba. Si no llevaras dos años desaparecida los habrías conocido, me suelta. Su respuesta suda rencor, y a mi me la suda. Sé que he hecho lo correcto en apartarme, porque estaba harta de las relaciones de lejos. En realidad no los conozco porque nunca me los presentaste.

Continuamos el paseo hasta llegar a un café junto al estanco, ordenamos ‘lo mismo de siempre’ y nos ponemos al tanto de nuestras vidas. Él habla y habla y habla, y yo no estoy acostumbrada a escucharle hablar tanto. Suelo ser yo quien habla. No sé si por desahogo, porque me ha echado en falta o por llenar el vacío. No logro comprenderlo. Tampoco mi silencio. No soy así. Me siento tan a gusto como cuando nos conocimos, como cuando dormíamos en cama ajena, como cuando le pedí: dime algo en Chino. La armonía de este encuentro tiene precedentes, pero es curioso que se mantenga después de tanto tiempo.

El encuentro es grato pero raro, es como si el tiempo no hubiera pasado. Me mido, sé que me mido, y creo que él también. En nuestros movimientos y palabras. Sus gestos no demuestran cariño alguno. Yo lo miro y sueño con abrazarle, besarle y hacerle saber cuánto le quiero. Lo prolongamos y de las cervezas buscamos un lugar dónde comer. En el camino extiendo mi brazo por la espalda y le hago cariños. Los responde, me abraza. Durante la cena, extiendo mi brazo para acariciar el suyo y también lo responde. El dilatado reencuentro chino nos deja en una heladería y luego él propone copas. En el karaoke/ bar ordenamos ‘lo mismo de siempre’. Él se sienta al otro extremo de la mesa, como si estar conmigo le generara cierta incomodidad. Al cabo de un rato se sienta a mi lado. Nos miramos, conversamos. Me da la sensación de que ninguno quiere separarse del otro, como cuando nos conocimos. No queremos dejarnos pero nadie dice nada al respecto.

Madrid ofrece pocas opciones en medio de Agosto y luego de varios intentos de bares, y nulas ganas de ir al centro, acabamos sentados uno al lado del otro en el sofá, bebiendo vino blanco y escuchando Clare and The Reasons en casa. Entre silencios, extiende su brazo para tomar el mío y recostarme sobre su cuerpo que desde hace rato descansa a lo largo y ancho de mi sofá. Siento su palpitar en mi oreja y también como de repente somos nuevamente uno.

 

Guardar

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Feliz y soltera escritora. Mientras al hombre de mi vida le enseñan a usar el GPS y logre finalmente encontrarme, yo me dedico a contar historias para vivir, para aprender, crecer, respirar y entender.

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