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Muerte anunciada

Muerte anunciada 28 August, 2018Leave a comment

Feliz y soltera escritora. Mientras al hombre de mi vida le enseñan a usar el GPS y logre finalmente encontrarme, yo me dedico a contar historias para vivir, para aprender, crecer, respirar y entender.

Volvía de mi usual paseo por el parque cuando encontré en el suelo una bolsa de papel con una calavera impresa. Como si aquel trozo de papel madera me estuviera anunciando algo. Jamás pensé que podría estar relacionado con el siguiente evento. Reencontrarme con aquel chico del que tanto estuve enamorada, al que dediqué años escribiendo, persiguiendo y rogué al cielo volver a ver. Se escucharon mis plegarias, pensé. Había perdido la cuenta de cuántos años habían transcurrido desde la última vez que nos vimos, pero calculo que unos 12 ó 15. Y entonces comprobé que es cierto que la esperanza es lo último que se pierde. Hombres iban y venían a mi vida sin ánimos de quedarse, quizás por mi afán de volverlo a tener… a pesar de las diferencias, de los años y de los kilómetros de separación.

Compartí cosas grandiosas con un chico especial que conocí acá, pero en mi mente permanecía la imagen de aquel rubio con quien disfruté confidencias, proyectos, camas, discusiones, parejas… sí, parejas. Jamás imaginé abrirme a ello, pero gracias a una propuesta suya aquellas formas permanecieron en mi vida, quizás ansiando que en alguna de esas camas compartidas reapareciera él: mi gran amor. Nos compartimos cientos de miles de mensajes: de voz, de texto y fotos durante años de manera intermitente.

Y sin querer queriendo, había llegado el ansiado día, ese en que volvería a verlo. De vuelta a casa reviví todos aquellos gratos momentos que compartimos juntos: los paseos por el campo, los porros en su casa, las camas compartidas, las birras al salir de la facu. Lo recordaba bien, pero las fotos que nos enviábamos me refrescaban aún más la memoria. Aquella cabellera rubia, esa sonrisa torcida pero auténtica, esos brazos velludos. Me costaba creer que después de tantos años de espera este momento se diera en otras latitudes, en Madrid y no en Buenos Aires. ¡En Madrid! ¿Qué sería de su vida? ¿En qué andaría? ¿Cómo es que estaba aquí? ¿Estaría de visita? ¿Viviendo?

Esa tarde me tomé todo el tiempo del mundo para vestirme. Nunca me había esmerado tanto. Puse música, un tema que me hacía acordar a él. Dudé sobre mi peinado, sobre mi blusa, sobre si depilarme, sobre aquel reencuentro en general. ¿Sería un error o una oportunidad? Opté por una blusa negra y unos jeans que me quedaban bien apretados, pero que daban buena forma a mis largas piernas. Salí de casa temprano para pegar una vuelta por el barrio y amansar la ansiedad que me carcomía. Y cuando llegué a la Plaza de Callao los nervios me hacían palpitar, pero mi corazón me calmaba: todo va a estar bien. Respiraba profundo mientras miraba vidrieras para distraerme y tras unos 25 minutos de espera llegó. La impuntualidad siempre lo caracterizó, también ese aspecto desaliñado y despreocupado, pero sobre todo su sonrisa coronada por su cabellera rubia ondulante. Me entró un alivio en el cuerpo.

Aquella noche no acabó como lo esperaba. Las birras habían estado bien, el rato -dentro de lo posible- había sido ameno, él había estado espléndido, hasta que abrió la boca con sus malas noticias. Y entonces se pudrió todo: la noche, las esperanzas, las expectativas, el futuro, la amistad. Todo. Y una vez de vuelta en casa: sola, descalzada, sobre mi cama mirando a la pared fijamente pensé en mi paseo al parque y en cómo aquella bolsa de papel con la calavera impresa era una suerte de muerte anunciada, como mi libro favorito de García Márquez, y el tema que sonaba: Close to me, un cierre de capítulo.

Feliz y soltera escritora. Mientras al hombre de mi vida le enseñan a usar el GPS y logre finalmente encontrarme, yo me dedico a contar historias para vivir, para aprender, crecer, respirar y entender.

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